martes, 20 de abril de 2010
Risk.
Lo recuerdo como si fuera hoy... Había uno vestido de francés, de estos de traje de chaqueta y mocasines, al que creo que le dolía algo el estómago, pues constantemente se llevaba la mano a esa zona. A su lado se sentaba un hombre que olía a aristocracia de la alta, mas no una aristocracia europea, sino asiática. De rasgos mongoles, un fino bigote y una larga barba blanca hacían que pareciese inofensivo; aún así, desde que entró en la sala pidió que se le llamase el mejor acero, nada acorde con su aspecto. El tercer hombre llevaba una túnica que rememoraba mejores tiempos de Grecia, según dijo, regalo de un antiguo maestro, filósofo reconocido. Apuesto y varonil, bastante musculoso, era el más tranquilo de todos, aunque no daba el brazo a torcer. Tenía gracia de palabra y unos pensamientos bastante más profundos que el resto, supongo que herencia de su maestro. Por último estaba un hombre bajito, moreno y de ridículo bigote que daba saltos para hacerse ver. No sé que hablaba sobre una raza superior, todos altos y rubios... Creo que no lo escuché demasiado bien porque parecía que él era el malo.
Al cabo de un rato pareció que llegaban a un acuerdo, recogió cada uno sus muñequitos y se fueron por la misma puerta por la que habían entrada. Se veían caras de frustración, pero también deseosas de poder y gloria. Caras que hubiera mostrado el más célebre conquistador.
Esas caras me aterrorizaron. Me fui temblando, presuroso por llegar a casa y meterme en cama, sin pararme a recibir un saludo. Todavía hoy al pasar por delante de aquella sala veo gente sentada observando un gran mapa... Mas nunca más podré atreverme a asomarme a la puerta.
miércoles, 16 de diciembre de 2009
Callejón.
Eso sigue dentro y trata de romper mi estabilidad.
Ahora está quieto, calmado, pero sé que no se ha ido. Cuando esté agotado, demasiado exhausto como para sacudirlo, hará acto de presencia junto con la destrucción. Apuro mi copa nervioso mientras con el espejo vigilo mis espaldas. Caigo rendido.
Siento dolor. Debo haberme golpeado la cabeza, haberme caído y perdido el conocimiento, porque desconozco esta penumbra. Pero… mis piernas no pueden haberme traído hasta aquí. No. Mis piernas nunca caminarían hacia un lugar tan nauseabundo como éste, nunca dejarían que mi presencia se manchara con el fuerte olor que me turba hasta nublar mi pensamiento. Nunca. Debe haber sido Eso, que ha golpeado de nuevo mi conducta modificándola a su antojo cual prensa hidráulica; fuerza desmedida que me posee y me hace perder el rumbo.
Ya no importa. Debo salir de aquí antes de que la escoria manche mis mocasines, éste no es buen lugar para Dorian.
Me levanto despacio mientras mi corazón bombea sangre con furia, presa del pánico. Doy un paso, y luego otro, y luego otro. Dejo unas calderillas encima del mostrador y salgo corriendo.
sábado, 12 de diciembre de 2009
Autómata enamorado.
Carta abierta.
Es curioso cómo el batir de una mariposa puede cambiar el mundo. Un día no hay nada, una mariposa bate sus alas, et voilà, todo se altera. El mundo patas arriba y yo vagando perdido entre sus más sórdidas callejuelas, intentando poner razón al corazón y preguntándome por qué me falta valor para decírtelo a la cara. Confundido como pocas veces había estado, pero feliz y a salvo de errores.
Quizá te sorprenda, aunque lo dudo mucho, tú ya lo sabías desde hace tiempo. Porque estoy perdido, pero creyendo que algún día seremos uno, y eso me alivia. Porque tengo miedo a equivocarme haciendo esto, y eso es lo que me dice que no me equivoco.
A veces noto un profundo peso en el pecho, es el corazón que se me para. Cada vez que te veo caminar se para, pero no por ello dejes de hacerlo. Al fin y al cabo morir de amor no es una muerte tan grave ni tan dolorosa.
Espero que no me olvides, mi mariposa bate las alas al ritmo de tu corazón desde hace tiempo.
domingo, 25 de octubre de 2009
Barco.
Al fin y al cabo, sentando en mi sillón sin hacer nada es como me gusta estar. Pensar en tiempos mejores y huir de las tiranteces de este ufano mundo. Orgulloso había de erguirme yo, tan solo por haber tenido el placer de escuchar la música de Rimsky-Korsakov con una copa de brandy en mi mano, y sin embargo no alardeo de ello. Pero éstos, náufragos indecentes e incultos, no sé qué esperan. Piden ayuda dando voces y sin embargo no son capaces ni de apreciar la buena música.
Y ahí están, retorciéndose e intentando aprovecharse unos de los otros. Empujándose entre ellos tratando de ganar el mejor puesto; y no son capaces de ver que lo que tienen que hacer es luchar por ganar ellos, no por que pierdan los otros.
Escoria humana, basura, rastrera carne podrida. Eso es lo que son, nada más que eso.
Y sigo sin entender que hago aquí, en mi barco, en mi aventura. No veo cuando subí a bordo de esta colosal nave, aunque no me preocupa. Los bucles espacio-temporales a los que me veo sometido últimamente no me dejan discernir lo real de los sueños. Realidad para mí ya no es más que una palabra banal, vacía de todo significado.
Doy un trago a la copa que tengo delante, el último sorbo. Su contenido ya no se interpone entre mis ojos y el mundo, y me siento libre. Estoy de nuevo en el rincón del bar que frecuento, en uno de sus plácidos sillones mientras veo triunfar lo absurdo.
Por cierto, creo recordar que no me he presentado. Mi nombre es Dorian, Dorian Legendre.
miércoles, 21 de octubre de 2009
Galán de túnica y sombrero de copa.
Nada lograba disuadirlo de su amor prohibido, por el que tantas lágrimas había derramado, por el que pasaba tantas noches en desvela ansiando su belleza. Sólo se dejaba ver luciendo sus mejores galas y dejándose platear por la luz de su amada en un intento de parecerse a ella aún sabiéndolo imposible.
Y murió de dolor cuando otro caballero llegó para producir el eclipse y ocultar La Luna a sus ojos.
jueves, 17 de septiembre de 2009
Estados de ánimo.
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Anne, sucia y con ropas raídas, lloraba en una esquina, la causa, su hermano mayor. Hacía tiempo que estaba vacío, nada existía ya dentro de su cuerpo. Sus ojos cerrados por telarañas mostraban que había pasado demasiado tiempo desde la última vez que habían sido abiertos. Y sólo le quedó imaginar.